Era un Jueves de invierno, muy parecido a este, hacía un poco más de frío, pero la llovizna era una actriz secundaria en la noche que salpicaba a los que estuvieran en la calle. La protagonista era Rocío de 28 años, estaba en su casa de la calle San Juan. Mirada frente al espejo, pensamientos en el más allá. No le gustaba lo que veía, su novio era golpeador, no tomaba y eso era peor, porque lo hacía concienzudamente y no bajo los efectos del alcohol y las drogas. Las marcas eran un testigo obvio, pero ya hace varias semanas que dejo de usar remeras manga corta, le deba vergüenza admitir su error, de que pese a las advertencias hubiera confiado en esa persona, "no es una persona (piensa), es una basura."
Pero hoy Jueves el espejo le devolvía lo que tanto ignoraba, sufría y aguantaba. Pensaba en cómo había llegado a eso, pero pronto se dio cuenta de que el pasado no iba a cambiar el presente, luego de dos copas de vino tinto se dispuso a pensar en el mañana, en la golpiza de mañana. "¿Denunciar? No." Hace cuatro meses una conocida suya que sufría la misma condición realizó la denuncia, ahora el se quedó con los chicos y la casa, mientras que ella vive con su madre y encuentra laburo.
La llovizna se retiraba como un extra de la escena, había conseguido un mejor papel a un par de cuadras. La ventana que daba a la calle se aclaró un poco, el frío continuaba pero soportable. Eran las 23:26hs, Rocío se puso su remera manga corto, se tocó los moretones que tenía, le daba impresión mientras lo hacía. Agarró su mochila y un sobre con plata de sus ahorros. Se tomó el colectivo que pasaba y media, mientras veía su casa desvanecerse por último, notó como también lo hacían sus heridas.
Fin,
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