Los días lluvioso eran los más agradables para Andrea, aunque no podía salir a jugar con sus amigos, sentía algo que toda persona siente al crecer: valorar los mínimos momentos. Allí estaba pegada a la ventana viendo como llovía, dibujando en el vidrio empañado y diseñando caras para la gente que pasaba. De pronto tocan la puerta, ella se oculta en la cocina y asoma para ver a quien le abre su madre. Para sorpresa de ambas era su abuelo, siempre se lo veía sonriendo, pero hoy no lo estaba. Para Andrea, Pedro era como su padre, pero por primera vez lo vio como era, su abuelo. Encorvado, con una mirada triste, desarreglado y con ganas de irse a cualquier parte.
Carolina, su madre, le pide que se vaya a jugar al parque porque había dejado de llover (excusa ideal para hablar con su padre). Ella acepta de mala gana porque prefería quedarse jugando en la computadora y de paso captar parte de la conversación. El día se despejaba, algunos niños salían a jugar a pesar de que el césped no se hubiera secado del todo, pero el repentino Sol invitaba a salir. Andrea estaba aburrida en la hamaca, torcía y destorcía las cadenas para dar vueltas en círculos y trataba de no pisar el charco que se encontraba debajo de ella. A lo lejos se ve una cara conocida que viene, era el abuelo. La recoge y le dice:
-¿Qué haces hermosa?
-Nada...acá...aburrida.
-Vos sabes que cuando era chico, cada vez que paraba de llover me encantaba venir a jugar al parque. Incluso de vez en cuando vengo para divertirme con mis amigos.
-¿Jugar? Pero abuelo, vos sólo venís a sentarte en el banco, hasta a veces te veo desde casa.
-Es verdad. Pero cuando uno es viejo (señalando sus anteojos) uno juega recordando y a veces ese recuerdo uno lo ve y vive, solamente cuando deja de llover.
Andrea no entendió del todo lo que le había dicho Pedro, pero se encontraba en una etapa en que poco le importaba lo que se hablaba. Escuchaba, sacaba sus conclusiones y se las guardaba. Pasaron varias semanas y el abuelo no volvió a aparecer. Al preguntar por él Carolina sonreía, pero era una sonrisa diseñada para ocultar la tristeza que trataba superar.
Otra tarde lluviosa Carolina le pide a su hija que la ayudara en el aseo de la casa mientras ella preparaba la merienda. Ella aceptó y emprendió manos a la obra, tendió la cama, pasó la escoba y le faltaba sacarle brillo a los muebles. En un instante por accidente abre una cómoda y encuentra los anteojos del abuelo, por un momento pensó decirle a su madre, pero sabía que no le gustaba que le toquen sus cosas, así que se los escondió en su bolsillo.
Durante la merienda dejó de llover y su madre aprovechó para hacer los mandados, Andrea se quedó en su casa jugando en la compu. Desde la ventana de su habitación podía observar el parque, había un par de niños jugando a ser vaqueros, decidió ir porque se había aburrido de estar en casa. Cruzó la calle y paseó un rato, algo tímida al ver a los chicos. Trataba de ocultar sus manos metiéndolas en sus bolsillos y siente algo, eran los anteojos. Los saca, los estudia, los limpia y se los pone. De pronto todo se transforma en color sepia y un chico pasa saludándola: "Hola!" Se los saca y devuelve el saludo, pero no había nadie, las cosas habían retornado a su color natural y los disparos se escuchaban de fondo. Se los vuelve a poner y el color sepia vuelve, ahora es una nena quien la saluda: "Hola. ¿Cómo estás? Mira a su alrededor y ve el día soleado, los juegos del parque que lucen nuevos y muchos chicos disfrutándolos.
De repente un niño se le acerca y le dice:
-Hola. Me llamo Pedro. ¿Querés jugar a la mancha?