domingo, 31 de marzo de 2013

Hoy no quiero ir

Yo siempre tuve la mala costumbre de levantarme más de lo acordado, nunca tuve la suerte de despertarme un día, ver que eras las 9:30am y decir "Huy me quedé dormido para ir a la escuela." Era algo mecánico, a las 6:58am ya estaba con los ojos abiertos, y lo peor era esperar y rogar a que mis viejos siguieran durmiendo para quedarme en la cama. Los segundos eran minutos y los minutos horas. Me quedaba mirando las telarañas que cuelgan del techo, el ventilador y a veces simplemente pensaba o miraba como el Sol se iba adueñando del cielo.

Algo que tuve siempre en cuenta de chico era el silencio, por lo general soy callado, así que con el nos llevamos bien. Tenía en cuenta cada movimiento de la cama, el darme vuelta sin hacer el mínimo sonido las sábanas rozando las piernas de uno, la respiración, el movimiento de los brazos. Pero lo peor de todo no era el silencio, mi enemigo era mi propio organismo, no podía y puedo aguantar estar una hora recién despierto sin ir al baño a hacer lo primero. A veces iba arrastrando los pies con tal de que no se escuchara nada, acomodaba mi cuerpo para que pasara por la puerta como estaba, no tiraba la cadena y me iba a la cama con las medias sucias.

Uno puede decir "¿Por qué no te hacías el enfermo?" Bueno, el tema es que cada semana yo "contraía" una enfermedad justo la noche antes de ir a la escuela. Y mi mamá, que me tuvo 9 meses adentro, ya me sacó la ficha de una, aparte cuando miento soy de reírme, así que descarto la opción de estar enfermo. También estaba la opción de entrar a la habitación de mis viejos antes de que sonara el despertador, una vez lo hice, del lado de la cama de mi papá era fácil porque ronca como ninguno. El tema era mi mamá, ella es como yo, escucha un sonido y en un abrir y cerrar de ojos ya está levantada y cambiada, cuando le fui a cambiar el despertador, justo tuve la mala suerte de que mi pie descalzo chocara con la pata de la cama y gritar como Pavarotti a más no poder.

Otro día agarré los despertadores y los tiré por la venta, pero lo tiré en un lugar en que pareció el sonido de un petardo. Entonces mis viejos se despertaron y tuve que reponer los daños más el reto.

Así que no quedaba otra que esperar, aguantar el llamado de la naturaleza y hacer el mínimo ruido posible. Aunque a veces mis papás se hacían los tontos y me dejaban en la cama, que ahora que lo pienso era al pedo, porque ya me había despertado. Pero por lo menos me quedaba en casa.

Fin.

Nicolas Pratto.





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